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Los Dichos Que No Deberían Ser Dichos Cap. 12

¡Excelente mañana, apreciada comunidad lectora! Soy Josué de la Fraga y les doy la bienvenida a nuestro espacio semanal para la autocrítica de nuestro lenguaje y nuestras ideas. Esto es «Los Dichos que Ya No Deben Ser Dichos», aquí en el blog de RadioMás.

La semana pasada exploramos esa frase tan sentenciosa, «Dime con quién andas y te diré quién eres», y conversamos sobre los peligros del prejuicio y la importancia de valorar a cada persona por su individualidad. Hoy, vamos a analizar un dicho que, a diferencia de otros que hemos visto, se disfraza de consejo optimista. Es una de esas frases que se dicen para dar ánimo, pero que, sin querer, puede terminar siendo un peso más sobre los hombros de quien ya la está pasando mal.

El dicho que hoy vamos a poner en tela de juicio es un estandarte de la resiliencia popular: «Al mal tiempo, buena cara».

Todos lo hemos escuchado y probablemente todos lo hemos dicho. Es la recomendación por excelencia cuando alguien atraviesa un problema, una decepción, una pérdida o un momento de tristeza. Parece un consejo noble, un llamado a la fortaleza, a no rendirse. Efectivamente, la intención de esta frase es virtuosa. Nace de una filosofía de fortaleza, muy cercana al estoicismo, que promueve la poderosa idea de que no siempre podemos controlar lo que nos pasa, pero sí podemos controlar nuestra actitud frente a ello. Es un llamado a la entereza, a no dejarse vencer por la adversidad, a mantener el espíritu en alto para poder encontrar soluciones y superar los obstáculos. En su origen, es una herramienta para cultivar la resiliencia y no convertirse en víctima pasiva de las circunstancias. Y esa intención, hay que decirlo, es muy valiosa.

El problema, como siempre, surge en la aplicación indiscriminada y en la interpretación moderna. ¿Por qué esta receta para la fortaleza se puede convertir hoy en una dosis de lo que ahora llamamos «positividad tóxica»?

La exhortación a «poner buena cara al mal tiempo» resulta problemática por varias razones fundamentales. En primer lugar, porque invalida las emociones negativas: al presentar una actitud positiva como la respuesta «correcta», se envía un mensaje implícito de que sentir tristeza, enojo, frustración o miedo es inadecuado. Sin embargo, estas emociones no solo son humanas y naturales, sino también necesarias, ya que actúan como señales que nos alertan de que algo no va bien y necesitamos procesarlo.

En segundo lugar, esta frase promueve la represión emocional. Simular que todo está bien cuando en realidad afrontamos una tormenta interior no soluciona el problema, sino que lo oculta. La psicología y la ciencia han demostrado que las emociones reprimidas no desaparecen; por el contrario, suelen transformarse en ansiedad, depresión, estrés crónico e incluso en dolencias físicas.

Además, esta actitud puede generar aislamiento. Cuando las personas están pasando por un momento difícil y sienten la presión de mostrarse optimistas, se ven forzadas a mentir sobre su estado real. Esto dificulta pedir ayuda, desahogarse o conectar de manera genuina con los demás, lo que las aísla en su dolor al hacerles creer que sus verdaderos sentimientos son una carga o algo socialmente inaceptable.

Por último, resulta agotador. Enfrentar una situación adversa ya consume mucha energía; si a ello se suma el esfuerzo constante de mantener una fachada de que «todo está bien», el desgaste se duplica. Se trata, en definitiva, de añadir el peso de una actuación permanente al peso del problema real.

No se trata de promover el pesimismo ni de regodearse en el sufrimiento. Se trata de abogar por la autenticidad emocional. La verdadera fortaleza no consiste en pretender que la lluvia no te moja, sino en reconocer que te estás mojando, sentir el frío y, aun así, seguir caminando para buscar un refugio.

La alternativa a esta frase no es «Al mal tiempo, mala cara». La alternativa es la compasión, tanto con los demás como, muy importante, con nosotros mismos. Es cambiar el mandato por el permiso. En lugar de exigir una «buena cara», podemos ofrecer un espacio seguro. Podemos reemplazar el dicho con ideas mucho más sanadoras como: «Al mal tiempo, date un respiro» o «Es válido no sentirse bien, y estoy aquí para escucharte si lo necesitas».

Recordemos que la verdadera ayuda no siempre es una porra, sino, a menudo, un hombro.

La invitación de hoy es a ser más amables con nuestros procesos emocionales y con los de quienes nos rodean. La valentía no siempre sonríe; a veces, simplemente reconoce su dolor para poder empezar a sanar.

Soy Josué de la Fraga, y fue un placer acompañarlos en esta reflexión. ¡Nos leemos el próximo jueves!

Esta columna se basa en la sección semanal del mismo nombre, emitida los miércoles en el programa Más Por La Mañana. Te invitamos a escuchar la versión en audio, ya disponible en las principales plataformas de podcasting de RadioMás.

Josué de la Fraga

Locutor y productor en Radio Televisión de Veracruz, docente universitario y apasionado por el lenguaje. Entre micrófonos y aulas, vive rodeado de su «manada»: Daniela, los gatos Momo y Kimi, y el perro Canelo. En esta columna, «Los Dichos Que Ya No Deben Ser Dichos, une su oído crítico y su amor por las palabras para revisitar el habla popular con humor y humanidad.